CON LA PUERTA ENTRE-ABIERTA
Capítulo I
De pies cansados, mirada perdida y corbata desajustada es la rutina de la vuelta del trabajo de Guillermo. Una día más, una tarde más.
Este día no era extraordinario al común de sus viernes, estaba intranquilo. Es que últimamente tenía la sensación de que lo estaban observando o más bién siguiendo; y es por eso que estaba alerta, al margen de desconocer el problema, continuaba inquieto; usualmente se repetía en silencio “no habré perdido la cordura, pero estoy al filo del abismo, que se yo…”. Presentía que algo no estaba bien.
Una cuadra antes de llegar a su departamento, por un momento se distrajo de su congoja usual y notó que una mujer desde una cabina telefónica lo observaba fijamente. Ante la situación incómoda volteó la cabeza gacha y al momento volvió la mirada nuevamente; no se encontraba más la mujer. “¿Cómo puede ser? ¿Pero si estaba en la cabina?, qué raro”.
Guillermo ingresó al departamento y continuó con su rutina diaria. Dejó la puerta entre abierta –nunca la cerraba hasta acomodarse en el inmueble-. Descargó el saco en el sofá; se quitó la corbata sin desatar el nudo; se desprendió dos botes de la camisa –los dos primeros- y se recostó en la cama con los pies a un lado para no ensuciar el cubre camas con los zapatos. Fijó la vista en el techo, como siempre, esperando que el invierno y el tiempo le proveyeran algo de sueño.
-¿Qué hacés que no la buscás?
Revoltoso y espantado recobró algo de lucidez mientras se reponía del entre sueño y de un solo movimiento se estampó hacia la pared junto a la cama y replicó:
-¿¡Quién sos vos!? ¿¡Qué hacés acá!?
-Por favor, no quería asustarte. Simplemente tengo algo para decirte, muy importante.
-¡Pará! ¿Qué carajo hacés acá? ¿Cómo mierda no voy a asustarme? Estoy durmiendo y un extraño entra a mi departamento y me despierta.
-¡Yo se qué es lo que te atormenta, tu misterio! Tengo la respuesta que buscas desde que era niño. Lo que agobia cada uno de tus días, cada hora, cada minuto y segundo.
El silencio entró por la misma puerta que había olvidado abierta y por la cual también había entrado ella.
Ese sábado no era corriente. La visita inesperada de la mujer lo había llenado de emociones pero que no eran extrañas a él. Caminó hacia la plaza. Frenó en un kiosco y compró un atado de cigarrillos. Se sentó en a la fuente, dando siempre la espalda a la figura de la misma, encendió un cigarrillo y fijó la mirada hacia la vereda. Le gustaba observar a la gente caminar; era una suerte película rebobinándose. Enfocaba la vista en un punto sin seguirla, pero viéndola pasar. Le daba la sensación de que el mundo aceleraba mientras él permanecía intacto en ese momento y ese lugar. Le permitía concentrarse y pensar, también, soñar.
Se repetía constantemente en silencio cómo es que la mujer sabría lo que el sentía y pensaba, más aún, esa incógnita que había resignado resolver, antaño. Levantó la mirada, escrutó el cielo y se convenció; “lo voy a hacer, si es así como lo quieres, así será”. Además agregó; “Es curioso, rogamos tocar el cielo y éste se hace presente como piedra en el camino”.
Esa misma tarde se dirigió hacia el destino que le había indicado la mujer. Una señora atendía el negocio. Era una librería mediana de colores apagados, pero bien conservada. Una señora cuarentona la trabajaba.
Estaba haciendo la caja en el momento que Guillermo entró al negocio.
-Señor, ya cerramos.
-Sí, disculpe, pero estoy buscando a Susana.
-Por lo visto usted no me conoce y no recuerdo conocerlo a usted. Yo soy Susana, ¿por qué?
-Bien, se que parecerá raro, pero una mujer me indicó que viniera y preguntara por usted.
-Discúlpeme, pero no se quién es usted ni la persona de la que habla. No sabría que decirle.
-Me dijo que le diera este sobre, que usted entendería.
-¡Ah, sí! Tome, éste es el libro.
-Pero, ¿qué hago con este libro?
-Señor, estoy apurada. Tengo que hacer la caja y es tarde. Averígüelo usted.
La señora me había dado un cuento titulado “El silencio de la verdad”. El libro no tenía ninguna referencia al autor o a la editorial, y lo mas extraño, es que tenía muchas páginas en blanco al final. En el medio del texto se encontraba una nota escrita a mano: “Como verás, al final del texto, se encuentran unas páginas en blanco. Pronto sabrás por qué. No olvides que debes seguir buscando la respuesta. Nunca lo olvides. Besos, Anahí”.
Capítulo II
Emilio Renzi es un joven escritor que actualmente se encuentra empleado en una consecionaria de automóviles dado a su facilidad lingüística, por ende, también a su habilidad como vendedor. Era de porte desprolijo, pero refinado y educado.
Una vez, como todo adolescente, era una dinamita de inspiración. Pasaba noches y noches escribiendo, creando, hasta que un día, sin más, comenzó el declive. Era inminente la necesidad de dinero para poder sobrevivir y, como se decía a él mismo, “la justicia de los Dioses me pasó factura”. Emilio un día dejó de escribir y de soñar.
De vuelta del trabajo, al llegar a su departamento, fue directo a la heladera. Sacó un refrigerio y se sirvió un vaso de gaseosa; no era de comer bien ya que el soponcio del trabajo y la soledad del cemento y el yeso no daban ánimos de cocinar. Sobre una mesa se encontraban algunos transcritos y una máquina de escribir de antaño. Mientras cenaba no quitaba los ojos vidriosos y pesados de la mesa donde posaba el artilugio de letras, cual nostalgia de pintor ciego, los sentidos físicos eran sus peores enemigos; el tiempo era inalienable a su arte, ahora mermado. “Debería guardar fuerzas para cumplir con sus amigos”, se recordaba. Esa noche quedó en juntarse en un pub del centro, “María, María”.
Se había hecho presente la noche. Estaba nublado y fresco, posiblemente la lluvia jodería la práctica de tomar cervezas a las afueras del pub.
-Puta madre, parece que va a llover.
-Sí, che, que cagada. Justo hoy que está lindo para estar tranquilo afuera.
-Che, Emilio ¿Te pasa algo, viejo? ¿Estás bien?
-A ver. Sí, todavía estoy vivo y tengo todos los miembros pegados al cuerpo. ¿Por?
-En serio te pregunto. No me mientas que se que no estás bién.
-“Extraña paradoja de la vida. Esperamos eternamente ser tocados por el cielo y éste no hace más que hacerse presente como piedra sobre el camino”.
-Como quieras. Entremos que se larga.
María, María, es un pub pequeño, caluroso y oscuro. Igualmente es el favorito de Emilio porque no se sentía homogéneo a la masa, o al menos explícitamente. Había un aire a magia. Esa noche, para Emilio, no sería una más.
-¡Hu! Perdón. No te vi.
-No hay problema.
-Disculpá, ¿Me das tu nombre?
-Que apresurado. Me chocaste y ya me estás pidiendo el nombre. ¿Qué sería de mí sin el nombre? Sería como un fantasma; sin poder ser tocada; sin ser oída; sin poder ser vista; existiendo, sin identidad.
-¿Cómo andás?
-Bien. ¿Siguen siendo de bronce, las letras, digo?
-¿Y vos todavía no me vas a decir tu nombre? Hace dos noches que no me revelás ese secreto.
-No hasta que me reveles tus sentimientos.
Era la mujer más bella que Emilio había conocido: de cabellos rojos como la sangre de los Dioses; piel blanca y suave como sábanas de seda y mirada profunda y sincera como la de los ángeles ante el Crucifijo. Seducción soberbia como la de los demonios al pecador. Era perfecta.
Fue un segundo de dolor y explosión. El alma le dolía como si unos lobos carroñeros se la desmenuzaran. Estaba ella allí, y él la quería.
-Vámonos de acá.
-¿Estás loco? Todavía no me escribiste nada.
-El tiempo ha sido injusto conmigo, me ha quitado el suspiro y la inspiración, pero el amor y la esperanza aun no.
-Y yo tengo un pacto con él.
Dejando la conversación inconclusa, ella encaró hacia la salida dándole la espalda. Estaba lloviendo. Inmediatamente Emilio salió corriendo atrás de ella. La Su figura era esculpida por la irónica lluvia que se le reía en la cara de poder abrazarla, tocarla. La sujetó del rostro y la besó. Con lágrimas revelando sinceridad, ella lo bofeteó y, caminando ligeramente, se alejo. Emilio quedó estupefacto. Mientras él esperaba que la tierra lo reclamara, el milagro sucedió. Ella se frenó por un momento, volteó y le sonrió. Luego continuó en sus pasos. Emilio retornó a su hogar.
Entró al departamento y, empapado como estaba, fue directo a la máquina de escribir. Al momento de sentarse siente que la puerta de entrada se abre –tenía la costumbre de dejarla entre abierta-. Volteó la mirada hacia la puerta; era ella.
Atolondrado juntó unas hojas que estaban sobre la mesa; sopló para despolvar a la máquina; colocó las hojas y comenzó a escribir a medida que las lágrimas le dictaban con soberbia y cautela, susurrándole destino; en silencio, la verdad comenzaba a tipear: “De pies cansados, mirada perdida y corbata desajustada es la rutina de la vuelta del trabajo de Guillermo. Una día más, una tarde más…”. Con tranquilidad, Emilio, dejó por un momento de escribir y volvió la mirada hacia ella.
-No pares por favor. Estoy aquí, contigo.
-Antes de seguir necesito tu nombre.
-Anahí, me llamo Anahí.
Capítulo I
De pies cansados, mirada perdida y corbata desajustada es la rutina de la vuelta del trabajo de Guillermo. Una día más, una tarde más.
Este día no era extraordinario al común de sus viernes, estaba intranquilo. Es que últimamente tenía la sensación de que lo estaban observando o más bién siguiendo; y es por eso que estaba alerta, al margen de desconocer el problema, continuaba inquieto; usualmente se repetía en silencio “no habré perdido la cordura, pero estoy al filo del abismo, que se yo…”. Presentía que algo no estaba bien.
Una cuadra antes de llegar a su departamento, por un momento se distrajo de su congoja usual y notó que una mujer desde una cabina telefónica lo observaba fijamente. Ante la situación incómoda volteó la cabeza gacha y al momento volvió la mirada nuevamente; no se encontraba más la mujer. “¿Cómo puede ser? ¿Pero si estaba en la cabina?, qué raro”.
Guillermo ingresó al departamento y continuó con su rutina diaria. Dejó la puerta entre abierta –nunca la cerraba hasta acomodarse en el inmueble-. Descargó el saco en el sofá; se quitó la corbata sin desatar el nudo; se desprendió dos botes de la camisa –los dos primeros- y se recostó en la cama con los pies a un lado para no ensuciar el cubre camas con los zapatos. Fijó la vista en el techo, como siempre, esperando que el invierno y el tiempo le proveyeran algo de sueño.
-¿Qué hacés que no la buscás?
Revoltoso y espantado recobró algo de lucidez mientras se reponía del entre sueño y de un solo movimiento se estampó hacia la pared junto a la cama y replicó:
-¿¡Quién sos vos!? ¿¡Qué hacés acá!?
-Por favor, no quería asustarte. Simplemente tengo algo para decirte, muy importante.
-¡Pará! ¿Qué carajo hacés acá? ¿Cómo mierda no voy a asustarme? Estoy durmiendo y un extraño entra a mi departamento y me despierta.
-¡Yo se qué es lo que te atormenta, tu misterio! Tengo la respuesta que buscas desde que era niño. Lo que agobia cada uno de tus días, cada hora, cada minuto y segundo.
El silencio entró por la misma puerta que había olvidado abierta y por la cual también había entrado ella.
Ese sábado no era corriente. La visita inesperada de la mujer lo había llenado de emociones pero que no eran extrañas a él. Caminó hacia la plaza. Frenó en un kiosco y compró un atado de cigarrillos. Se sentó en a la fuente, dando siempre la espalda a la figura de la misma, encendió un cigarrillo y fijó la mirada hacia la vereda. Le gustaba observar a la gente caminar; era una suerte película rebobinándose. Enfocaba la vista en un punto sin seguirla, pero viéndola pasar. Le daba la sensación de que el mundo aceleraba mientras él permanecía intacto en ese momento y ese lugar. Le permitía concentrarse y pensar, también, soñar.
Se repetía constantemente en silencio cómo es que la mujer sabría lo que el sentía y pensaba, más aún, esa incógnita que había resignado resolver, antaño. Levantó la mirada, escrutó el cielo y se convenció; “lo voy a hacer, si es así como lo quieres, así será”. Además agregó; “Es curioso, rogamos tocar el cielo y éste se hace presente como piedra en el camino”.
Esa misma tarde se dirigió hacia el destino que le había indicado la mujer. Una señora atendía el negocio. Era una librería mediana de colores apagados, pero bien conservada. Una señora cuarentona la trabajaba.
Estaba haciendo la caja en el momento que Guillermo entró al negocio.
-Señor, ya cerramos.
-Sí, disculpe, pero estoy buscando a Susana.
-Por lo visto usted no me conoce y no recuerdo conocerlo a usted. Yo soy Susana, ¿por qué?
-Bien, se que parecerá raro, pero una mujer me indicó que viniera y preguntara por usted.
-Discúlpeme, pero no se quién es usted ni la persona de la que habla. No sabría que decirle.
-Me dijo que le diera este sobre, que usted entendería.
-¡Ah, sí! Tome, éste es el libro.
-Pero, ¿qué hago con este libro?
-Señor, estoy apurada. Tengo que hacer la caja y es tarde. Averígüelo usted.
La señora me había dado un cuento titulado “El silencio de la verdad”. El libro no tenía ninguna referencia al autor o a la editorial, y lo mas extraño, es que tenía muchas páginas en blanco al final. En el medio del texto se encontraba una nota escrita a mano: “Como verás, al final del texto, se encuentran unas páginas en blanco. Pronto sabrás por qué. No olvides que debes seguir buscando la respuesta. Nunca lo olvides. Besos, Anahí”.
Capítulo II
Emilio Renzi es un joven escritor que actualmente se encuentra empleado en una consecionaria de automóviles dado a su facilidad lingüística, por ende, también a su habilidad como vendedor. Era de porte desprolijo, pero refinado y educado.
Una vez, como todo adolescente, era una dinamita de inspiración. Pasaba noches y noches escribiendo, creando, hasta que un día, sin más, comenzó el declive. Era inminente la necesidad de dinero para poder sobrevivir y, como se decía a él mismo, “la justicia de los Dioses me pasó factura”. Emilio un día dejó de escribir y de soñar.
De vuelta del trabajo, al llegar a su departamento, fue directo a la heladera. Sacó un refrigerio y se sirvió un vaso de gaseosa; no era de comer bien ya que el soponcio del trabajo y la soledad del cemento y el yeso no daban ánimos de cocinar. Sobre una mesa se encontraban algunos transcritos y una máquina de escribir de antaño. Mientras cenaba no quitaba los ojos vidriosos y pesados de la mesa donde posaba el artilugio de letras, cual nostalgia de pintor ciego, los sentidos físicos eran sus peores enemigos; el tiempo era inalienable a su arte, ahora mermado. “Debería guardar fuerzas para cumplir con sus amigos”, se recordaba. Esa noche quedó en juntarse en un pub del centro, “María, María”.
Se había hecho presente la noche. Estaba nublado y fresco, posiblemente la lluvia jodería la práctica de tomar cervezas a las afueras del pub.
-Puta madre, parece que va a llover.
-Sí, che, que cagada. Justo hoy que está lindo para estar tranquilo afuera.
-Che, Emilio ¿Te pasa algo, viejo? ¿Estás bien?
-A ver. Sí, todavía estoy vivo y tengo todos los miembros pegados al cuerpo. ¿Por?
-En serio te pregunto. No me mientas que se que no estás bién.
-“Extraña paradoja de la vida. Esperamos eternamente ser tocados por el cielo y éste no hace más que hacerse presente como piedra sobre el camino”.
-Como quieras. Entremos que se larga.
María, María, es un pub pequeño, caluroso y oscuro. Igualmente es el favorito de Emilio porque no se sentía homogéneo a la masa, o al menos explícitamente. Había un aire a magia. Esa noche, para Emilio, no sería una más.
-¡Hu! Perdón. No te vi.
-No hay problema.
-Disculpá, ¿Me das tu nombre?
-Que apresurado. Me chocaste y ya me estás pidiendo el nombre. ¿Qué sería de mí sin el nombre? Sería como un fantasma; sin poder ser tocada; sin ser oída; sin poder ser vista; existiendo, sin identidad.
-¿Cómo andás?
-Bien. ¿Siguen siendo de bronce, las letras, digo?
-¿Y vos todavía no me vas a decir tu nombre? Hace dos noches que no me revelás ese secreto.
-No hasta que me reveles tus sentimientos.
Era la mujer más bella que Emilio había conocido: de cabellos rojos como la sangre de los Dioses; piel blanca y suave como sábanas de seda y mirada profunda y sincera como la de los ángeles ante el Crucifijo. Seducción soberbia como la de los demonios al pecador. Era perfecta.
Fue un segundo de dolor y explosión. El alma le dolía como si unos lobos carroñeros se la desmenuzaran. Estaba ella allí, y él la quería.
-Vámonos de acá.
-¿Estás loco? Todavía no me escribiste nada.
-El tiempo ha sido injusto conmigo, me ha quitado el suspiro y la inspiración, pero el amor y la esperanza aun no.
-Y yo tengo un pacto con él.
Dejando la conversación inconclusa, ella encaró hacia la salida dándole la espalda. Estaba lloviendo. Inmediatamente Emilio salió corriendo atrás de ella. La Su figura era esculpida por la irónica lluvia que se le reía en la cara de poder abrazarla, tocarla. La sujetó del rostro y la besó. Con lágrimas revelando sinceridad, ella lo bofeteó y, caminando ligeramente, se alejo. Emilio quedó estupefacto. Mientras él esperaba que la tierra lo reclamara, el milagro sucedió. Ella se frenó por un momento, volteó y le sonrió. Luego continuó en sus pasos. Emilio retornó a su hogar.
Entró al departamento y, empapado como estaba, fue directo a la máquina de escribir. Al momento de sentarse siente que la puerta de entrada se abre –tenía la costumbre de dejarla entre abierta-. Volteó la mirada hacia la puerta; era ella.
Atolondrado juntó unas hojas que estaban sobre la mesa; sopló para despolvar a la máquina; colocó las hojas y comenzó a escribir a medida que las lágrimas le dictaban con soberbia y cautela, susurrándole destino; en silencio, la verdad comenzaba a tipear: “De pies cansados, mirada perdida y corbata desajustada es la rutina de la vuelta del trabajo de Guillermo. Una día más, una tarde más…”. Con tranquilidad, Emilio, dejó por un momento de escribir y volvió la mirada hacia ella.
-No pares por favor. Estoy aquí, contigo.
-Antes de seguir necesito tu nombre.
-Anahí, me llamo Anahí.


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