LA BELLA Y AMADA
Atenta es la esperanza de la bella. De cabellos colorados y luminosos como la seda del visillo frente al sol del atardecer rojizo. De rostro claro pero radiante, que interpreta y revela actividad y fuego en su vida. La bella, ella, reposaba ante el egoísmo de él, la soberbia de la vida y la elocuencia de la verdad. Juegan con ellos los dados del destino, finito como el uno y el seis, como la rutina de la ordinariedad y la cobardía; pero infinito como el tiempo y su sabiduría.
Se vieron una tarde, como era frecuente, en el mismo bar de siempre. Llevaba congoja el rostro de ella y en el de él se notaba la angustia. Se saludaron con un beso y se detuvieron a observarse y decirse por dentro lo que no decían por fuera. El silencio es su aliado más fortuito y su mentira mas verdadera. Luego de una charla moderada, él la sujeta del hombro y le sonreía con delicadeza. Ella le tomó la mano y lo observó; dejó caer una lágrima. Es que ella no aceptaba la realidad de él, el azar de los dados, el destino como intermediario. Éste lo moldeaba y lo pulía del tallo para que madure y sea alfín un hombre para ella, sin embargo, la bella no lo comprendía. El tropiezo apura una acción inesperada en él, la inseguridad lo apoderaba y lo dominaba, dando un paso en falso a la duda de sus ideales. Es que se encontraba en la balanza: la libertad absoluta y egoísta, y la eternidad de su amada ya casi perdida.
Luego, en su domicilio, él demostró su herida y sus debilidades ante su amada y ella arremetió contra él, por lo sufrido y casi olvidado. El amor es antónimo de odio y la ira su herramienta preferida. Él intentó recuperarla, inclusive después del ataque indiscriminado de palabras. Ella se vengaba y más bella se hacía. Inmediatamente él la sujetó de las muñecas y la impactó con la puerta, la miró con fuerza y la besó como nunca. El fuego mismo envidiaba ese calor. Le arrancó la remera y le descubrió los senos; ella gozaba. Luego le arrancó de un solo tirón la bombacha y le hizo el amor como nunca en su vida; ella gritaba y gemía, lo disfrutaba. Finalmente, después de consumar el clímax, ella se levantó, se vistió con lo que pudo y lo abandonó; pero no sin antes decirle:- Amado mío, es hora de que juegues a otro juego. Yo no soy tuya, del tiempo o del destino. Tenemos la vida, no la construimos ni la destruimos.
Atenta es la esperanza de la bella. De cabellos colorados y luminosos como la seda del visillo frente al sol del atardecer rojizo. De rostro claro pero radiante, que interpreta y revela actividad y fuego en su vida. La bella, ella, reposaba ante el egoísmo de él, la soberbia de la vida y la elocuencia de la verdad. Juegan con ellos los dados del destino, finito como el uno y el seis, como la rutina de la ordinariedad y la cobardía; pero infinito como el tiempo y su sabiduría.
Se vieron una tarde, como era frecuente, en el mismo bar de siempre. Llevaba congoja el rostro de ella y en el de él se notaba la angustia. Se saludaron con un beso y se detuvieron a observarse y decirse por dentro lo que no decían por fuera. El silencio es su aliado más fortuito y su mentira mas verdadera. Luego de una charla moderada, él la sujeta del hombro y le sonreía con delicadeza. Ella le tomó la mano y lo observó; dejó caer una lágrima. Es que ella no aceptaba la realidad de él, el azar de los dados, el destino como intermediario. Éste lo moldeaba y lo pulía del tallo para que madure y sea alfín un hombre para ella, sin embargo, la bella no lo comprendía. El tropiezo apura una acción inesperada en él, la inseguridad lo apoderaba y lo dominaba, dando un paso en falso a la duda de sus ideales. Es que se encontraba en la balanza: la libertad absoluta y egoísta, y la eternidad de su amada ya casi perdida.
Luego, en su domicilio, él demostró su herida y sus debilidades ante su amada y ella arremetió contra él, por lo sufrido y casi olvidado. El amor es antónimo de odio y la ira su herramienta preferida. Él intentó recuperarla, inclusive después del ataque indiscriminado de palabras. Ella se vengaba y más bella se hacía. Inmediatamente él la sujetó de las muñecas y la impactó con la puerta, la miró con fuerza y la besó como nunca. El fuego mismo envidiaba ese calor. Le arrancó la remera y le descubrió los senos; ella gozaba. Luego le arrancó de un solo tirón la bombacha y le hizo el amor como nunca en su vida; ella gritaba y gemía, lo disfrutaba. Finalmente, después de consumar el clímax, ella se levantó, se vistió con lo que pudo y lo abandonó; pero no sin antes decirle:- Amado mío, es hora de que juegues a otro juego. Yo no soy tuya, del tiempo o del destino. Tenemos la vida, no la construimos ni la destruimos.

